Yo sí quiero decir que he vivido

 

«El rinoceronte hace el amor montándose sobre la hembra. Pero, ¿acaso hay diferencia entre la belleza de dos rinocerontes?»

 

SALVADOR DALÍ

en Medianoche en París

 

El sol ya bajo de las siete de la tarde de aquel día de abril penetraba por las ventanas con suavidad, atravesando los estores e iluminando la cama sobre la que se hallaba tendida Clara Martín.

Lucas Oliván se quitó los zapatos con sumo cuidado y se deshizo de ellos tirándolos lejos de la cama con delicada elegancia para colocarse sobre el colchón que por primera vez compartía con alguien.

Durante unos segundos que parecieron congelados en el tiempo, se miraron a los ojos con una profundidad inusitada, viéndose reflejados en todas esas dimensiones que tanto apreciaban el uno del otro.

Entonces, con una seguridad de algún modo reafirmada, Oliván se aproximó y se enfrentó a cada botón, a cada cremallera y a cada lazo que le separaban de las proporciones perfectas del cuerpo adolescente de Clara Martín como si fueran complicados mecanismos de relojería. Ella hizo lo propio con una soltura y una delicadeza que a Oliván le parecieron sorprendentes.

Recordó las frases de esos autores que tantas veces había leído. Recordó sobre todo a Daniel Sempere desnudando a Bea en el caserón de la avenida del Tibidabo aquella tarde lluviosa.

Bea reluciente de lluvia al calor de las llamas.

Clara Martín reluciente de sol sobre el edredón azul del cuarto de Oliván.

Una vez completamente desnudos, fue él quien quedó tumbado sobre el edredón, con la cabeza y el cuello pendiendo del borde superior del cuadrante pero con los ojos suficientemente entornados como para admirar el contorno de Clara, su piel bañada por el sol que penetraba por las ventanas, sus negros cabellos ondulados cayendo sobre sus hombros y cubriendo parte de sus pechos, que pese a que muchos hubieran tildado de pequeños, a Oliván le parecían perfectos.

Durante largo rato, tan solo se acariciaron. Se besaron, se olieron y disfrutaron del calor. Fue lento y delicado, suave y ligero. Fue natural. Tan natural, que la erección tardó en llegar.

De la mente de Lucas Oliván desaparecieron aquella tarde de abril todas sus fantasías, todas sus pseudoparafilias autodiagnosticadas. Desaparecieron también sus preferencias. En estructuras normales, senos, decía siempre que le preguntaban —como había dicho Reverte una vez—, pero aquella tarde todo eso resultaba innecesario, pues el poder intelectual de Clara Martín se proyectaba en su cuerpo en un sentido de unidad que Oliván se esforzaba por captar en conjunto, con la certeza de que solo así podría asimilar de manera absoluta la perfección que tenía ante sí, incluso aunque supiera que era imposible. Porque sabía que era imposible.

Concéntrate en el momento.

Siente.

No pienses.

Usa tu instinto.

La voz del maestro Qui-Gon resonaba en su mente, pero se percató de inmediato de que las enseñanzas de la Fuerza viva no eran aplicables en aquel momento, o al menos no por completo. El verdadero atractivo de Clara Martín —al menos el que le encontraba Lucas Oliván— era uno doble, intelectual y físico, mental y sensorial. Tan solo pensando e intentando comprender todo como un conjunto inseparable de pensamiento y experiencia podía lograr acariciar con los dedos ese todo que a él se le escapaba por poco, y, estaba seguro, también se le escapaba a ella.

Ni siquiera durante aquellas caricias que le hubiera gustado que se prolongaran durante horas pudo olvidar que aquello no era más que profundizar en una unión que había tenido lugar primero en las palabras, en los pensamientos en que habían coincidido, y que ahora, por extensión, pasaba a ser una unión más pura. Una pureza solo concebible como evolución de esa unión intelectual que volvía a Clara Martín de lo más atractiva para Oliván, que la alejaba de ser ese trozo de carne bonita que le pareció a primera vista y que le otorgaba ese atractivo que tenía y siempre tendría para él lo simple, lo sencillo, lo claro, lo eficiente.

Sabía de sobra a esas alturas —se lo había confesado uno de los ingenieros de Apple una vez— que la simplicidad es más que la ausencia de ornamento y contenido. Que la simplicidad se basa en darle orden a la complejidad, en colocar en el lugar adecuado el elemento preciso, siguiendo un cuidadoso orden. Allí estribaba verdaderamente la complejidad del asunto.

Y así, de una manera complejamente sencilla, se cambiaron de posición varias veces de un modo casi telepático, casi sincronizado, sin decir una palabra. Su conexión intelectual, esa que a Oliván le parecía tan poderosa, hacía innecesario que hablaran. Lo que tuvieran que decir ya lo habían dicho.

Será mi primera vez. Lo sabes, ¿no?

Y la mía.

Y ambos habían asentido, decididos y expectantes.

En la mente de Oliván surgió de pronto la pregunta: ¿era aquello amor? El atractivo sexual era indudable, pero no sabía si se le podía llamar amor. Era estética, intelectual y sensorialmente poderoso, pero... El amor no es algo que inventamos nosotros. Es observable, poderoso. Es la única cosa perceptible capaz de trascender las dimensiones del tiempo y del espacio. Tiene que significar algo. Por fuerza.

O eso decía la doctora Amelia Brand en sus viajes interestelares.

Oliván se atrevía a dudarlo. No le parecía necesario que tuviera que significar algo. Le bastaba con que significara algo para ellos dos, con que fuera un simple paso más, quién sabe si hacia algo pasajero o duradero, que suponía un punto de inflexión en su relación —uno de esos en los que la segunda derivada era nula—, pero que no por ello tenía por qué trascender ni el espacio, ni el tiempo, ni tenía que significar nada. A las perfectas leyes de la física, hechas de esa perfección a la que se aproximaba Clara Martín, poco o nada les importaría que ellos estuvieran esa tarde de abril sobre el colchón de Lucas Oliván, concentrados en concentrarse. Intentando entender. Intentando conocer.

Entendían para conocer y conocían para entender.

Sobre todo, entendían para disfrutar.

Un disfrute que se basaba en esa especie de complementación mutua que a Oliván le traía a veces de cabeza, precisamente porque tantos lo consideraban amor.

Eso era posiblemente lo que volvía tan especial a Clara Martín: que aparte de su pasmoso atractivo estético, visual, proporcional e intelectual, Clara Martín potenciaba a Oliván de maneras que nunca habría podido siquiera imaginar. No se trataba de considerarla única, pues sabía que aproximadamente cerca del cero coma dos por ciento de las chicas del planeta eran como ella. Lo que la volvía especial era a buen seguro que no tenía la certeza de que fuera a encontrar a otra de ese cero coma dos por ciento.

Lucas Oliván ya se había imaginado a sí mismo en esa misma situación con otras personas: con Elena Urroz, con Inés Minad. Con alguna más incluso, de cuyo nombre no quería acordarse. Pero sabía que no habría sido igual, que no se habría asemejado a aquello en lo más mínimo. Sabía de sobra que con ellas habrían pasado cosas distintas, pero excesivamente predecibles. Sabía que habría calmado su sed animal, que habría sido rápido, casi furtivo, y que solo habría satisfecho a ambos en la medida en que sería la primera vez, pues eso le otorgaba de por sí a todo aquello cierto halo de misterio y de desconocimiento que obligaban al conformismo.

Con Elena Urroz no habría sido posible absolutamente nada de lo que tuvo lugar sobre la cama de Lucas Oliván esa tarde de abril. Habría sido torpe, obtuso, desmañado, rudo y basto. De hecho, solía pensar que con Elena Urroz, con quien todos sus intentos habían caído en saco roto, había cometido un craso error: confundió el hecho de que compartieran gustos con que los contemplaran del mismo modo.

Y no fue así. Con Elena Urroz descubrió para su sorpresa que todo lo que él trataba desde una posición seria y profunda, ella —y sus amigas— lo hacían de manera infantil, repetitiva, ingenua y pueril, rozando solo la superficie de aquello a través de lo cual Oliván disfrutaba buceando. Le gustaba pensar que el problema era cosa de Urroz, pero progresiva y gradualmente había ido descubriendo que quizá era solo él el que disfrutaba sobreanalizando las cosas. ¿Y si tuvieran razón? En eso de que los libros son solo libros. Que las películas son solo películas. Que los videojuegos son solo videojuegos.

Que el sexo es solo sexo.

Clara Martín, sin embargo, era la prueba de que Elena Urroz estaba equivocada, aunque curiosamente, no sintiera pena por ella. Lucas Oliván era una de esas personas que sienten lástima por aquellos que consideran intelectualmente inferiores, pues no coincidía con eso de que ser inteligente constituye una desgracia y que la felicidad solo puede venir de la inconsciencia y de la locura. Por Elena Urroz no sentía lástima. Apreciaba su naturalidad. Distinta a la de Martín, pero naturalidad al fin y al cabo. Se resignaba y entendía que pudiera disfrutar de esa felicidad ignorante, y que no podría hacerla cambiar —como pensó en un principio—. Y en cierto modo en eso se ocultaba parte de su atractivo: en lo ingenuo de su conducta, en lo pueril de sus comentarios, en lo despreocupado de sus pensamientos. Era una niña a la que le gustaba jugar con juguetes de mayores a pesar de no alcanzar a comprender su significado. Le gustaba decir que se parecía a la princesa Leia Organa. Y no negaría que guardaban cierto parecido: ambas eran decididas, compartían esa especie de idealismo —menos desarrollado en el caso de Urroz— que las convertía en soñadoras natas, y, sobre todo, ambas tenían dos caras distintas, la de valiente luchadora y la del atractivo excepcional, claro que mucho menos excepcional en Elena Urroz, y es que una de las cosas en que  no se parecería nunca a Leia es en que no podría lucir jamás el bikini metálico igual de bien.

Y sí, también se había imaginado a sí mismo sobre esa misma cama junto con el cuerpo apocado, suave y delicado de Inés Minad. Con ella sí que hubiera sido distinto. Sabía en cualquier caso que lo de Clara Martín estaba a otro nivel, pero le hubiera gustado intentarlo. O al menos aproximarse.

Inés Minad era otro ejemplo de que gustos similares no siempre establecen una doble implicación entre los dos sujetos, aunque a diferencia de lo que ocurría con Elena Urroz, el índice de compatibilidad —que no el de follabilidad, ese de Ángel Esquius—, era relativamente alto. Y posiblemente en eso radicaba el problema que mandó todo al garete: los índices, los esquemas, las fases, los procesos, los autodenominados por Olivan «efectos Montessori». No negaría que funcionaban, porque sería mentirse a sí mismo. En cierto modo, estaba orgulloso de haber logrado establecer su relación con una chica de manera matemáticamente perfecta. Claro que llega un momento en que deja de existir la seguridad que le otorga a uno el estar al otro lado del horizonte de sucesos, y entonces las cosas se complican. La realidad es abrumadora, las variables se multiplican  a un ritmo vertiginoso y entran en acción el resto de personas. Entonces la situación de ese entorno idílico se resquebraja, y al quebrantarse la realidad esquematizada pasa a ser necesario preocuparse no solo de la persona en cuestión, sino de sus círculos de amistades, de sus intereses académicos, de sus gustos más allá de los comunes. Entonces, en las situaciones verdaderamente reales, la franqueza y el gusto por lo eficiente de Lucas Oliván se diluían en el todopoderoso protocolo social, solo alterable a lo largo del tiempo a través de la erosión provocada por el progreso y el sentido común, algo que no siempre —más bien nunca— iba tan rápido como a Oliván le hubiera gustado.

Durante meses, después de aquel estúpido fallo que ni siquiera sabía cuál era y que mandó todo su delicado sistema de ecuaciones con Inés Minad al traste, pensó que tenía que escribirle, hablarle, presentarse y comenzar de nuevo, que tenía que explicarle las cosas. Porque en el fondo esos eran sus principios: los de la sinceridad, la reciprocidad y la rapidez de lo directo y eficiente. Pero pensó que eso supondría cometer el mismo fallo otra vez, fuera cual fuera el que cometió al principio. Y así, todo quedó enterrado y olvidado, aunque de vez en cuando, al verla de lejos y retirar rápidamente la mirada, se preguntaba a sí mismo qué veía de atractivo en aquella chica tan discreta sobre el papel pero que le traía de cabeza de cuando en cuando.

En el fondo sabía la respuesta: la había hallado por casualidad hacía tiempo. Era la princesa del crepúsculo: la del otro lado del horizonte de sucesos, la del otro lado de la delgada línea que separa Luz y Oscuridad, hasta que de pronto esa línea se difumina y los ejércitos del mal alteran por completo el universo matemáticamente perfecto de la Luz.

Después de todo aquello, después de entender que él no era el héroe elegido por Hylia para devolver el equilibrio a las otrora apacibles llanuras, montañas, bosques y desiertos del vasto Hyrule, Lucas Oliván se resignó.

Se resignó y cejó en su empeño de buscar a una de esas chicas del cero coma dos por ciento.

Se resignó y cejó en su empeño de colocarse en el lado supuestamente favorable del horizonte de sucesos.

Se resignó y cejó en su empeño de adaptar todo lo que encontraba a sus ideales, gustos y principios.

Pensó que cuando tuviese que ocurrir, ocurriría. Que una de esas chicas de ese cero coma dos por ciento aparecería de pronto. Y efectivamente apareció. Apareció Clara Martín. En su mente, pero apareció. Con su inusitada inteligencia, su cuerpo hecho a medida y sus facciones delicadamente pulidas.

Apareció.

Y así, sin importar en qué postura se encontraban, Lucas Oliván y Clara Martín cerraron los ojos al unísono, perfectamente sincronizados de nuevo, y entonces sí, dejaron de pensar. Alcanzaron ese entendimiento superior.

Conocieron.

Cuando Oliván abrió de nuevo los ojos, se encontraba sentado sobre la taza del váter, con los brazos desplomados pendiendo de su cuerpo inmóvil. Su cabeza, apoyada sobre la pared embaldosada del cuarto de baño, así como su cuerpo en conjunto, inspiraban placer y tranquilidad.

Se mantuvo así durante un par de minutos, tranquilo y con la mente en blanco, mientras dejaba que aquel aroma penetrara por sus fosas nasales y seguía intentando recuperar la figura de Clara Martín, que se desvanecía en su mente, hasta que de pronto una gota de semen recorrió su muslo haciéndole cosquillas y tuvo que echar mano del papel higiénico para evitar que alcanzara sus pantalones.

Cosa de diez minutos después, Lucas Oliván salió del cuarto de baño y con el cuerpo vivificado y la mente relajada salió al balcón a apreciar el olor de la tarde, que pronto pasaría a convertirse en el olor de la noche de Camilleri. Apoyado sobre la barandilla, respiraba con parsimonia, mientras disfrutaba en sus carnes de la perfecta temperatura de aquellas últimas horas de sol de esa tarde de abril. Prácticamente sin pestañear, contempló durante minutos la silueta que formaban los tejados de la ciudad a contraluz.

Por la la mente de Oliván pasaron aquella tarde de abril distintos rinocerontes. Pasaron Elena Urroz e Inés Minad. Pasó Clara Martín. Cada una con sus tamaños y su particular visión de lo que eran y debían ser la cosas.

Y entonces volvió a pensar.

No existe ignorancia, solo existe conocimiento.

No existe pasión, solo existe serenidad.

No existe caos, solo existe armonía.

No existe muerte, pues el amor veraz y real crea una tregua con ella.

 

Noel Arteche Echeverría

En San Sebastián, a 25 de abril de 2016