De amigos que crees tener y amigos que quieres hacer

Alguien me dijo una vez, cuando solo frecuentaba ese lugar olvidado en los realmes del pasado llamado Tuenti, que Facebook era la red social de los amigos que tuviste y creías tener y Twitter la de los amigos que te gustaría hacer. Supongo que, abobado como estaba chatenado en Tuenti, no me paré a pensarlo. Tampoco lo he vuelto a pensar demasiado desde 2012, cuando entré en Twitter. Fue en realidad hace más bien poco cuando adopté una especie de duda metódica que me llevó a replantearme lo de las redes sociales.

 

Actualmente solo frecuento Twitter. Instagram lo deje hace cosa de cuatro meses, y en el casi año y medio que llevo viviendo sin Snapchat, lo que más he echado de menos han sido los snaps diarios de IGN. Facebook está ahí, olvidada, o, más bien, ignorada desde que me registré. Hasta hoy. Durante la semana pasada he recibido, de pronto, más correos promocionales de Facebook de lo normal, avisándome de lo popular que era mi perfil vacío y de la mucha gente que quería ser amiga —gente que ya lo era, no lo había sido nunca, o no quiero que lo sea—. Entré, algo curioso, a ver qué pasaba, y acepté todas esas solicitudes para quitarme las notificaciones de encima. Bueno, miento. Todas no. Todavía hay una que no he confirmado ni rechazado, porque no sé qué responder. Se trata de una chica que no conozco. No es mi amiga, así que debería rechazarla. Ni siquiera es una conocida, hiperónimo que, en Facebook, parece convertirse, por extensión, en sinónimo. La cuestión es que cuando pone eso de que quiere «ser mi amiga», tampoco puedo rechazarla. ¿Por qué iba a prohibirle que fuera mi amiga? Quizá sea una persona interesante, o quizá no, pero nadie rechaza futuribles amigos antes de conocerlos. Así que, por un lado, es una completa desconocida cuyo perfil es genérico y sin interés, pero, por otro, me pregunto si quizá ahí detrás se esconda alguien interesante por quien merezca la pena aceptar la petición.

 

No pretendo decir nada nuevo, la verdad. De hecho, abro esta sección de reflexiones rápidas, poco planificadas y hasta algo deslavazadas en el blog porque en algún lugar tenía que ponerlo y soltar lo que me apetecía decir. Decenas de articulistas han tratado ya el tema, y medio mundo habla de lo mucho que nos han atontado las redes sociales, algo con lo que no estoy para nada de acuerdo. Con lo que estoy muy de acuerdo es con que Facebook e Instagram son redes sociales vacuas que no aportan nada útil, interesante o instructivo.

 

La cuestión es, sinceramente, que esa petición sin confirmar ni rechazar está ahí, y no puedo quitármela de la cabeza. Facebook quiere que responda, que le diga que sí o que no, pero ya. Supongo que soy de los que no sabe decir que no, y Facebook obliga a que sea inmediato. Pero es que no puedo responder, porque la pregunta difiere de lo que de verdad significa. En Twitter eso no pasaría, porque se basa en el interés. Si a esa persona le parezco interesante, me sigue. Si al enterarme de que me ha seguido a mí ella también me lo parece, genial, la sigo también y, si no, adiós muy buenas. Tú me sigues y yo no. Quizá con el tiempo, cuando respondas a alguno de mis tuits y hablemos, vaya conociéndote y te siga, o quizá no. Todo depende de lo que me aportes, de lo interesante o instructivo que me puedas resultar. Y, me temo, mis «amigos», los que deberían serlo según Facebook, no suscitan en mí ni un ápice de interés.

 

Facebook da por hecho que tiene que interesarme lo que haga la gente de mi entorno, mis compañeros de clase de hace un par de años, los conocidos del instituto, la amiga del amigo del amigo con quien nunca he hablado pero que, por alguna razón, me tiene que interesar seguir. En cambio Twitter es, creo, más liberal. No exige de uno más que lo mínimo: el interés por el contenido. Sigues a quien te interesa y eres libre de no seguir a quien no quieras. Cada uno publica lo que quiera para que sea del interés de quien quiera, y ese alguien puede ser tu vecino o un entusiasta de tu hobby que vive a quinientos kilómetros. Hay cierta igualdad de oportunidades, pues si dices algo interesante, siempre acabará habiendo alguien que te escuche. Y si, por el contrario, tu contenido es genérico, tendrás a tu alrededor a gente genérica, y punto. Lo que no es necesariamente malo, pero es que cada vez que entro en Facebook, todo es de un banal y un general que me cuesta interesarme por nada. A ratos me da la sensación de estar viendo los me gusta de gente que no tiene aficiones ni intereses de verdad, a la que solo le divierten memes viejos y vídeos graciosos de animales. Twitter se sustenta en las opiniones, en las palabras, en el contenido y la libertad, tanto de uso como de opinión, solo limitada por esos 140 caracteres que permiten mantener su uso ágil y rápido. Twitter no interviene más de lo estrictamente necesario, porque cree en el individuo, en el usuario. Es, en fin, el Rajoy de las redes sociales: promete no hacer nada cuando todo vaya bien, y siempre deja que las cosas se arreglen cuando algo va mal.

 

Las fotos de Instagram hace tiempo que dejaron de parecerme bonitas para ser, simplemente, una obligación impuesta de venderse a uno mismo. Venderte a ti mismo, tu figura, tu cuerpo, tu nombre, y no tus ideas, pensamientos y puntos de vista. Y, sin embargo, a Twitter le va «mal». Sus números, si mal no recuerdo, no son los mejores, o no lo eran hace unos meses. Pero, como todo, tiene su explicación. Igual que George Steiner (La idea de Europa) sabe que los productos culturales que él disfruta y tanto ama son solo para las minorías, Facebook e Instagram (con claras excepciones) son los medios de la mayorías, donde las masas son más culteranas que conceptistas. Así, Twitter es, de algún modo, lo más parecido que hay en internet al gran sueño de Trotsky que menciona Steiner: el hombre corriente siguiendo los pasos de Goethe.

 

Esto va a quedar colgado en Facebook, como primera, única y última publicación, para quien lo lea si algún día le interesa. Sí, ahí abajo está el botón de compartir en Facebook, pero no, no voy a usarlo. Acaso desactivaré la cuenta o la eliminaré, como voy a hacer dentro de poco con la de Instagram. Y, bueno, si alguien me encuentra interesante, no tiene más que seguir al intelectualoide que tuitea a veces en mi nombre, o, si no, sencillamente, mandarme un correo o un mensaje por WhatsApp. Con tal de seguir los pasos de Goethe, yo le doy mi número a todo el que me lo pida.

 

Noel Arteche

En San Sebastián, a 7 de enero de 2017