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Los ordenadores no son lo que importa

Joe MacMillan se detiene, altivo. Tras él, una pizarra llena de grafos de transición de estados y autómatas finitos. Mira a los estudiantes que abarrotan la sala: «permítanme empezar haciéndoles una pregunta». La escena se repite dos veces durante las cuatro temporadas de Halt and Catch Fire: justo al principio y justo al final. No es trivial que la serie de AMC empiece y acabe con la idea de hacer preguntas. Son un par de planos y una sola frase, y basta para que sus creadores, Christopher Cantwell y Christopher C. Rogers, pongan de manifiesto la esencia misma de la informática, que se remonta a una pregunta de implicaciones filosóficas abrumadoras.

 

La pregunta en cuestión, el Entscheidungsproblem, puede formularse así: ¿existe un algoritmo que pueda decidir si un predicado en lógica de primer orden es o no un teorema? En otras palabras, ¿existe un programa que pueda asegurar la verdad o falsedad de cualquier proposición matemática? La pregunta, conocida como el «problema de la decisión», fue formulada en 1928 por el matemático alemán David Hilbert ―aunque se remonta hasta Leibniz―, y destacaba como una de las grandes incógnitas de la matemática de principios del siglo XX.

 

En 1936, un jovencísimo Alan Turing, aún en Cambridge, publicaba un artículo que respondía al problema de Hilbert y desvelaba la incógnita. Su texto, On Computable Numbers, with an Application to the Entscheidungsproblem, daba la misma respuesta que Alonzo Church había propuesto poco tiempo antes, ese mismo año. Las implicaciones filosóficas del resultado eran igual de demoledoras, pero la aproximación de Turing a la demostración era diferencial: su planteamiento, basado en una máquina que resolviese el problema, daría pie a la revolución informática.


«El planteamiento de Turing era diferencial: la idea de una máquina que resolviese el problema daría pie a la revolución informática»


En 1979, John Hopcroft y Jeffrey Ullman recogerían un intuitivo bosquejo de la demostración de Turing, por reducción al absurdo, en su famoso Introduction to Automata Theory, Languages, and Computation. La temática del libro de Hopcroft y Ullman cierra el ciclo, que nos devuelve a la pizarra que hay tras Joe MacMillan en esa primera escena de Halt and Catch Fire. En un par de planos acaban de resumir la esencia de la informática: su peculiar situación como disciplina a caballo entre el talante práctico de la ingeniería y la abstracción más ideal de la filosofía matemática; entre los transistores de los circuitos integrados y las elegantes demostraciones formales de los modelos abstractos de cómputo.

 

El consenso general entorno a Halt and Catch Fire es que tarda en arrancar y no alcanza el estatus de serie de culto hasta sus dos últimas temporadas. En términos narrativos, la calidad de sus primeros compases puede ser discutible, pero hay algo en lo que la serie de AMC no fracasa en ninguno de sus cuarenta capítulos ―hasta el punto de hacer de su dinámica algo repetitivo―. Cantwell y Rogers asimilan y exponen con una sencillez apabullante esa esencia de la informática de la que hablo, y que podríamos resumir en tres pilares fundamentales: el progreso, lento pero seguro; el fracaso inevitable en ese progreso; y, finalmente, su mirada al futuro, sempiterna, optimista y alentadora.

 

 

El propio arco de los personajes puede entenderse como símbolo de la progresión: Gordon Clark, el ingeniero fracasado, alcoholizado y taciturno que acaba participando en cada una de las etapas de la revolución informática; Donna Emmerson, la brillante ingeniera que comienza relegada al plano de la vida doméstica y el cuidado de sus hijas, pero que asciende hasta las altas esferas de las inversiones de riesgo en una fulgurante carrera empresarial. También es recurrente la idea de versatilidad asociada a la computación. La vemos en Cameron Howe, primero estudiante universitaria aburrida, genio de la programación ―«la nueva Ada Lovelace»―, creadora de una BIOS condenada al olvido, luego desarrolladora de videojuegos de autor y, finalmente, pionera en el terreno de los algoritmos de búsqueda. Y, por supuesto, Joe MacMillan, visionario y soñador, la mente no científica, el culo inquieto que comienza codeándose con los peces gordos de IBM y acaba de profesor universitario en una facultad de humanidades.

 

Se trata de una progresión asociada al progreso de la disciplina: la revolución del microprocesador, el ordenador personal, el ordenador portátil, Internet, el antivirus, la inteligencia artificial, la Web y los motores de búsqueda. Un progreso que tiene y debe tener, ante todo, una eminente vertiente social. Debe contribuir al desarrollo humano. Lo dice en el propio MacMillan en la primera temporada: «los ordenadores no son lo que importa; nos dan acceso a lo que importa». Es una frase que encuentra su equivalente real, guardando la distancias, en la máxima de Satoru Iwata de que «el software guía al hardware», entendiendo por software aquello con un potencial para el progreso social y el hardware como la base que lo hace posible. De ahí, en resumen, el interés de la serie por mostrar la progresión de unos personajes tan unidos por unas circunstancias tan intensas.

 

 

La intensidad del contexto es, no obstante, directamente proporcional al potencial para el fracaso. Es interesante recordar que, si bien el artículo de Turing en 1936 acabaría inaugurando las ciencias de la computación, su fin más inmediato era responder a la pregunta de Hilbert, el «problema de la decisión». Y la respuesta, desafortunadamente, era un rotundo no: no existe un programa capaz de determinar la verdad o falsedad de cualquier enunciado matemático. El resultado está estrechamente ligado al primer teorema de incompletitud de Gödel, que demuestra que en cualquier sistema formal existen proposiciones indecidibles (esto es, que no pueden ni probarse ni refutarse, como la propia «fórmula de Gödel», que predica su propia indemostrabilidad). En términos filosóficos, tanto el teorema de Gödel como la demostración de Turing tienen implicaciones nefastas para el positivismo lógico y el sueño formalista del propio Hilbert, que creía que todo problema tiene solución (muy al contrario, podemos demostrar en términos conjuntistas que hay más problemas que soluciones).

 

El fracaso, por tanto, es también inherente a la informática desde sus comienzos. Por eso mismo resulta tan natural el constante empeño de Halt and Catch Fire por subrayar el sudor, las lágrimas, la desesperación o el hastío. En ese sentido, la imagen más icónica la da el personaje de Cameron Howe, sudada, sin ducharse en tres días, vistiendo una camiseta de tirantes, rock a todo volumen y frustrada, incapaz de escribir una sola línea de código que resuelva el problema al que se enfrenta. La frustración vuelve una y otra vez. Ese es el primer ejemplo, pero el tema es una constante en la serie: lo vemos también en el caos monumental que reina en Mutiny, o en el personaje de Gordon, en su garaje, mientras se pelea con un libro de programación en C ―en concreto el famoso tomo de Kernighan y Ritchie, todo un clásico―. A lo largo de sus cuatro temporadas, todo falla: aplicaciones, programas, proyectos, relaciones, matrimonios e ideas visionarias. Los obstáculos son constantes y muchos de ellos hacen tropezar más de una vez a los protagonistas.

 

 

Tropiezan, pero se levantan. El tercer pilar de la informática que Cantwell y Rogers reflejan en su obra es precisamente el de la permanente mirada al futuro. Un futuro lleno de baches y fracasos asegurados y al que, sin embargo, se le mira con un optimismo embriagador. Decía MacMillan que «los ordenadores nos dan acceso a lo que importa», pero… ¿qué es lo que importa? Ese es el motor de la serie, el que da vida a sus personajes en su incasable empeño para emprender nuevos proyectos: la informática debe contribuir al desarrollo general, pero es en sí misma una fuente de desarrollo para las personas que contribuyen a ella. Por esto es tan pertinente la contundencia de la serie con ciertos temas (la sexualidad, por ejemplo), su firme visión de que el videojuego puede ser algo más, y, sin duda, el alegato feminista que escala hasta su último capítulo, con el discurso de Donna y la imagen de Haley sentada frente al ordenador.

 

Es una imagen reveladora, que lanza una mirada de esperanza y optimismo a la informática y a la sociedad en su conjunto. Haley no tiene más que cinco o seis capítulos de verdadera relevancia en la trama, pero es de lejos uno de los personajes más interesantes de la serie por todo lo que representa. Haley Clark simboliza en futuro de la disciplina al tiempo que el futuro de la sociedad a la que debe servir: un espacio inclusivo, lleno de ideas y creatividad que enriquece a todos y que se piensa por y para todos. Se lo dice también su padre: «levanta la mirada del ordenador de vez en cuando». Porque los ordenadores no son (todo) lo que importa.

 

 

Halt and Catch Fire es una serie con altibajos; capítulos espectaculares y otros que no lo son tanto. Sin embargo, su compromiso con reflejar con respeto, cariño y orgullo todo aquello que constituye su fondo es un éxito del que pocas producciones pueden alardear. Sus creadores entienden todo lo que significa ese artículo de Turing en 1936: que el resultado, a veces, es mucho menos importante que el proceso; porque el proceso es en sí mismo un resultado fascinante. Es una invitación a mirar hacia delante y a hacer cosas nuevas que entusiasma en cada capítulo. Por todo ello tiene tantísimo sentido que la serie abra y cierre con esa misma frase.

 

Joe MacMillan se detiene, ahora más humilde, pero más convencido. Tras él, una pizarra, ahora vacía. «Dejadme que empiece haciéndoos una pregunta».